La Divina Chusma
Cierta tradición divide la literatura en géneros mayores y menores. La fábula estaría entre estos últimos, incapaz, diría alguno, de competir con la ilustre novela o la noble poesía. Pero a lo mejor cabría más bien hablar de plumas mayores o menores, porque las fábulas de La divina chusma están escritas por una pluma mayor que vuelve noble e ilustre a ese género «menor», con textos llenos de un cáustico humor negro, ironía y fina observación de conductas. Cada una de las fábulas funciona, así, como un juego divertidísimo de espejos entre animales y humanos, cuando no de escritura paródica de textos clásicos, alegorías crueles de lo absurdo y contradictorio a que puede llegar la condición humana.Herra parece solazarse con las posibilidades que su propia escritura le va presentando, conforme avanza en la escenificación de la crueldad, la soberbia, la inmodestia, de la situación paródica que se genera a partir de los contrastes que los animales se esfuerzan por retratar entre sí, tratando de establecerse cada uno como el héroe de su propia historia. La estructura, o más bien podríamos decir, la arquitectura de los textos, su función lúdica recuerda a los traviesos relatos de la fábula clásica, pero también a la tradición oral africana.Esperemo s que, con la lectura de este libro, Herra no tenga que soportar reclamos, malas caras o improperios de aquellos de sus amigos que sientan que es de ellos de quienes indirectamente habla. Pero eso sí, si en los próximos días o semanas, Rafael Ángel Herra muere mordido por una serpiente, envenenado por un anca de rana en una noche de festín, intoxicado una mañana por un aparentemente inocente huevo de alguna gallina despechada, o si algún pajarraco se abalanza sobre él y le saca los ojos, todos los que para entonces habremos leído La divina chusma sabremos el porqué.