Testimonio del arte maduro de Eurípides, muy próximo a nosotros por su técnica y su ideología, Orestes se estrenó en un contexto histórico que tiene numerosos puntos de contacto con el nuestro: un imperio, entonces el ateniense, que pretende subordinar todo el mundo conocido y para ello entabla una guerra prolongada que terminará por destruirlo; quiebra de todos los valores morales; políticos que se valen de la cosa pública para su medro personal.Tal contexto se hace presente en esta tragedia no sólo, de manera evidente, en la escena de la asamblea dominada por demagogos y lacayos del poder, sino también en la construcción de cada uno de los personajes: una Helena vana y egoísta, que nada aprendió de la experiencia troyana; un Menelao que pretende anexionar Argos, herencia de Orestes, a su corona espartana; Electra, Orestes y su amigo Pílades con los que, pese a sus sufrimientos, resulta difícil identificarse por su ferocidad y su cobardía que sólo les permite matar mujeres indefensas