Una visión diferente de una planta, que siempre camina detrás de la inexperiencia de los más jóvenes.Al despertar cada mañana, me sentía incapaz de levantar de la cama mi pesado y perezoso cuerpo, me faltaban fuerzas. Sólo el ruido estridente de alguna obra de la calle o el sobresalto del timbre de la puerta, me empujaba en mi pireza indigente, obligándome a poner los pies en el suelo. En ese momento sentía la cruda desazón de mi cuerpo: reseco, agotado, atolondrado, mientras una gran fragilidad emocional envolvía mi percepción. Y me preguntaba: ¿Qué pasó anoche, para sentirme ahora tan mal?. Cuando todas esas mañanas agónicas se hicieron rutina en mi vida, como mi adicción, comencé a mosquearme, pensando que: "María sólo se apuntaba los aplausos y las muchas risas de la noche. Las mañanas nunca parecerían ser su responsabilidad".