Fuera del marco religioso, el sentimiento de compasión ?o de piedad? no goza hoy de excesivo prestigio, como podrían corroborarlo varias de nuestras locuciones ordinarias. Tampoco la historia del pensamiento, salvo notorias excepciones, se ha mostrado siempre lo bastante piadosa con la piedad. Al contrario, una sospecha muy general nos la presenta como una emoción triste nacida de la impotencia y la debilidad, un sentimiento tan blando e ineficaz como proclive a la desmesura, un afecto morboso que a menudo apenas logra encubrir el propio goce en la desdicha ajena y hasta cierto afán de humillar al desgraciado. Mal podría aspirar a tenerse por virtud la que ha sido tachada de pasión mala e inútil.