El autor se permite expresar el hondo sentimiento de asombro que experimentamos los observadores objetivos y bien informados al constatar día tras día cómo sociedades tenidas por cultivadas siguen siendo ciegamente tributarias de una cosmovisión esencialmente religiosa, o, al menos, conformada por un enfoque ontológico dualista de lo que hay, en abierta contradicción con los resultados de las ciencias y de las reglas lógicas aplicadas a la experiencia. La religiosidad -que es una hipótesis objetivamente falsa nacida al calor de un sentimiento de temor y perplejidad ante lo enigmático y ominoso- es un producto de la mente humana siguiendo una senda equivocada.