Nuestra percepción de la corrupción está condicionada hoy por la implantación de un ordenamiento jurídico que no siempre encuentra una correlación con las normas y costumbres que observamos en el mundo romano. Sólo si atendemos de forma contextual a las apreciaciones, recriminaciones y sanciones que se desprenden de nuestras fuentes, podremos descubrir qué conductas fueron percibidas como corruptas en la práctica política, en la religión (pagana y cristiana), en la administración e incluso en la vida cotidiana, y, por tanto, cuáles de ellas conservan aún para nosotros un carácter fraudulento.