El cambio de época que vivimos pone a prueba las costuras del viejo contrato social. Articular hoy un proyecto colectivo que sitúe a las personas y la vida en el centro implica hibridar múltiples lógicas de ampliación e innovación de derechos: conectar igualdad con diferencias, autonomía con vínculos; transitar hacia estructuras de libertad real y hacia formas más solidarias, ecológicas y feministas de bienestar. El actual ciclo reaccionario cabalga sobre espirales de autocracia y belicismo. Articular alternativas democráticas requiere la fraternidad y la empatía como entramados de organización social; la centralidad de los cuidados como antítesis de todas las violencias; lo común como espacio de gestión de nuestras vulnerabilidades.Asis timos a una ola que activa repositorios de odio. Pero también se despliegan políticas de proximidad e iniciativas ciudadanas arraigadas en lógicas de innovación comunitaria y transición ecosocial: programas de renta básica, de economía solidaria y vivienda cooperativa, ciudades pioneras en neutralidad climática, nuevos derechos feministas y LGTBIQ+, infraestructuras sociales que generan vínculos y enlazan diversidades... Son prácticas ya existentes, con más fuerza que las proclamas de la extrema derecha y que las convocatorias a la desesperanza.Sí, es necesario forjar coaliciones de actores para escalar los cambios con todo el impulso necesario y preservar las conquistas sociales. La gramática que exige el siglo es la de la ambición transformadora, la construcción de utopías cotidianas y los horizontes de esperanza radical.